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Derechos Reservados ©Eratia Copperfield, 2024

  1. NICO

  

Todavía me siento confundido. La noticia me ha impresionado.

Me llamo Julián. Mi apellido no importa en estos momentos, ya que no es de mí de quien quiero hablar. Yo no importo.

Lo que importa es que yo conocía a Nico. Le conocía realmente, y no únicamente al hermoso jovencito que cobraba por sus favores. De hecho, la cosa vino rodada.  Yo quería escribir un libro que hablara sobre la prostitución de gays. Una historia de homosexuales. Quizá una más.

Pero deseaba hablar con algunos de ellos, conocer lo que pensaban, sus costumbres... Un amigo me habló de un bar en el Eixample, en el que solían reunirse, y me aconsejó que hablara con el dueño. El primer día me acompañó, me presentó a Maroto y éste, a su vez, me puso en contacto con varios conocidos que frecuentaban el bar. Todo iba perfectamente.  Mis colaboradores respondían mejor de los que yo mismo había imaginado, mi libro fluía con extraordinaria rapidez y confiaba en terminarlo en poco tiempo. Aun así, yo seguía yendo al "Maroto". Me gusta ese lugar, y ya tengo algunas amistades. Solo faltaba un capítulo para acabar, y llevaba casi un mes sin aparecer por allí.

Recuerdo bien que fue un jueves por la noche.  El bar todavía no estaba tan abarrotado como de costumbre, y podía conversar con Maroto. Al cabo de un rato, le reclamó un cliente y yo quedé solo con mi cerveza... y con un extraño hormigueo en la nuca. No era la primera vez que lo notaba desde que había lle­gado, pero sí la primera que me intrigó. Me giré en el alto taburete de piel y busqué el origen de aquella sensación. Lo encontré reclinado en una silla, vestido con unos descoloridos tejanos y una camiseta blanca de cuello redondo y sin mangas, ligeramente ajustada. El muchacho tenía el cabello castaño claro, corto, y un mechón rebelde caía sobre su frente; sus facciones eran suaves y hermosas, pero viriles; tenía unos ojos grandes y llenos de vida; quizás la nariz fuese un poco corta, pero no restaba atractivo alguno a su semblante, y sus labios sonreían ligeramente pícaros e insinuantes.

En aquel momento, para mí tan solo era un muchacho más en busca de un compañero ocasional a cambio de unos miles de pesetas. Alguien reía a mi lado. Era una risa queda y maliciosa. Me volví y vi que Maroto me miraba divertido.

—¿Por qué no le invitas? —me provocó —Puede que te ayude con tu libro.

—Ya casi lo he acabado —rechacé con una risa nerviosa —. Creo que no necesito más testimonios.

Maroto miraba por encima de mi hombro y asintió sin borrar su burlona sonrisa. Iba a preguntarle el motivo de su diversión, pero me interrumpió una voz joven que solicitaba un Baccardi con limón. Era el chico de la silla, y se apoyaba en el mostrador con desenvoltura. Tan solo me dirigió una fugaz mirada. Maroto, en cambio, fue más explícito. La suya me decía "anda con él".

Me limité a sonreír y beber un sorbo de cerveza.

—Oye, apúntamelo en mi cuenta, ¿vale?

—¿Otra vez sin blanca, Nico?

Miré con disimulo. El muchacho se encogió de hombros.

—Si estiro un poco, podré comer mañana —respondió.

Tenía una voz muy agradable. Y físicamente tampoco estaba mal. No era muy alto, tal vez mediría un metro setenta y poco; la camiseta marcaba ligera­mente su tórax, sus músculos abdominales, sus bíceps. No era un atleta, pero tampoco estaba excesivamente delgado. Había visto a muchos chicos durante mi investigación, y podía apreciar cuándo era realmente atractivo un muchacho. Y Nico se hallaba sobradamente en los más estrictos cánones de belleza masculina. 

Lo observé con disimulo mientras hablaba con Maroto, y lo seguí con la mirada cuando un cliente se le aproximó y le invitó a acompañarle. No pude evitar lamentar que marchase del local con aquel desconocido.  

En ninguno de sus gestos, ni en la actitud más insignificante aprecié rastro alguno de afeminamiento, pero a lo largo de las numerosas entrevistas mantenidas con mis voluntarios colaboradores en mi estudio, había aprendido que esos detalles nada significaban.  Muchos de los chicos que se dedicaban a la prostitución, lo hacían tan solo por el dinero rápido que les proporcionaba, fuese por una necesidad o por depender a las sustancias de las que dependían.

 

Pagué mi consumición y marché de allí con una indescriptible sensación.

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