top of page

EL  GUARDIAN  DE NEKSIS

PREÁMBULO
Las sombras de la noche intentan darse a la fuga frente al amenazador avance del fiero grupo de hombres anhelantes de sangre que se dirige hacia la aldea. En el centro del tumulto, rodeada de rostros hostiles y hostigada por sus golpes e insultos, envuelta en un
obstinado silencio, avanza una alta y altiva figura ataviada con los harapos de lo que tan solo una hora antes había sido una negra túnica, y que ahora apenas si cubren suficientemente su blanquecina piel. Le han apaleado, han destrozado sus manos para que no pueda realizar ningún encantamiento, y se las han maniatado a la espalda; sin embargo, él camina erguido, con la cabeza alta. El fuego de las antorchas que iluminan el sendero pinta inquietantes sombras en sus huesudas facciones y se refleja en sus ojos hundidos de tal forma que más de uno llegó a pensar que ese fuego era su propia mirada.


A medida que se aproximan a la aldea y se adentran en su calle mayor, mujeres, ancianos, jóvenes y niños se suman a la comitiva increpándole. Poco a poco aumentan la osadía de las gentes con amenazas y demostraciones de odio. Una mujer se abre paso entre sus vecinos hasta llegar frente al hombre; contempla sus penetrantes ojos negros sombreados por espesas cejas y su larga cabellera, tan negra como una noche sin luna y su cara delgada, por la que se desliza un hilillo de sangre que mana de una herida abierta en su cabeza, escasos minutos antes por la piedra lanzada de una mano anónima. Su mano le cruza el rostro y sus uñas dejan surcos sanguinolentos en su mejilla.


El hechicero no protesta, solo la mira fijamente hasta que le obligan a continuar caminando.


Las gentes de la aldea estaban convencidas de que esa noche de Sholen acabarían con las desgracias que asolaban aquellas tierras desde la llegada del nigromante. Él había llevado el miedo donde Ruedas atrás solo hubo felicidad. Iban a hacer justicia por los niños desaparecidos, por las muchachas deshonradas por sus salvajes e insaciables instintos, y por las risas convertidas en llanto
Cruzan la aldea y a medio centenar de metros, se alza el mástil de la pira funeraria. El hechicero comprende el significado de tales preparativos y aprieta con fuerza los dientes. No tiene miedo. La muerte es su aliada. Sin embargo, está furioso consigo mismo por haber caído en una estúpida trampa como si fuese un vulgar principiante. Se había concentrado en castigar la osadía de unos vulgares campesinos que irrumpieron en su propiedad, sin imaginar que podía ser atacado por la espalda. Al volver en sí se encontró maniatado y un intenso dolor en el occipital. Una grave e imperdonable equivocación.


En la noche de la primera luna creciente, iluminada por medio centenar de antorchas se alzan con nuevo frenesí gritos e insultos dirigidos al hechicero mientras dos de los aldeanos más fuertes le empujan para que camine y le atan al mástil sin que oponga resistencia. Están demasiado ciegos en su sed de venganza como para advertir la burlona sonrisa que apenas se dibuja en los labios del nigromante. Solo son capaces de seguir el movimiento de las antorchas que varios voluntarios inclinan sobre la leña apilada.
El fuego prende inmediatamente en el heno que hay entre la pira y los aldeanos celebran con grandes vítores el ascenso de las llamas. La estremecedora carcajada que se eleva sobre el crepitar del fuego congela la sangre de los aldeanos en sus venas. Las llamas han prendido en las ropas del hechicero, a pesar de ello, el odio desfigura sus magras facciones, insensible al tormento del fuego al lamer sus carnes y al humo que penetra en sus pulmones y le asfixia lentamente, indiferente al fuego que le abrasa...


– ¡No habéis acabado conmigo! ¡Volveré con la Gran Tormenta y entonces no conoceréis ni un instante de paz, y ni tan siquiera la muerte os ofrecerá el alivio que vais a desear!


Atemorizados murmullos que de creciente inquietud se alzan a la noche al escuchar la exultante letanía que ha empezado a entonar con aberrante indiferencia al dolor. El cántico culmina con un agudo alarido y las llamas se elevan con súbito frenesí agitándose como si tuviesen vida propia, en un estallido de cegadora luz. Cuando en la noche se borran las últimas resonancias de aquel grito, las llamas se apagan. 

 

De la gran hoguera solo quedan humeantes brasas y en el mástil ennegrecido solo queda una retorcida e irreconocible masa informe que nadie osa mirar. En el aire flota un insoportable olor a carne quemada.


Tal es la tensión reinante que resuenan ensordecedores el arrastrar de unos pasos cansinos. Aquellos que se encuentran más atrás se hacen a un lado con incómodo respeto para dejar paso al más anciano de la aldea.


El Patriarca, el Guardián de las Leyes, ha guardado cama durante los últimos días después de que una de las aspas del molino se quebrase y le cogiese a él debajo. Como recuerdo de ello, le quedaría aquella molesta cojera hasta el resto de sus días.
Renqueante y ayudado de su tosca muleta, llega ante la pira. Contempla durante interminables segundos los restos del sacrificio.


– Necios. – se vuelve despacio y pasea la mirada sobre los avergonzados semblantes de sus vecinos. Pasado el fervor de la sangre solo quedaban los remordimientos por haberle arrancado la vida a un hombre. – Locos. – les increpa en voz alta. – Permitisteis que pronunciase el conjuro.
– Pero hemos acabado con él. – sentencia insegura uno de los granjeros.
— No habéis hecho nada, pandilla de insensatos...– el Patriarca desgrana cada una de las palabras sin dejar de observarles. – Es un Hechicero de Xio’Narkak del Séptimo Círculo. Él puede regresar del mundo de los muertos en cuanto lo desee. De nada sirve toda esta aberración.
Se produce un rumor en el que se advierte miedo.
– Dijo que regresaría con la Gran Tormenta... – recordó el zapatero curtidor.
– ¿Qué vamos a hacer, Lofheim?


Quien hace la pregunta es una joven madre que sostiene a un pequeñuelo medio dormido contra su pecho. Todos enmudecen y esperan. Es conocida su sabiduría y confían en él. El Patriarca nunca yerra al dar un consejo, y saben que también en esta ocasión será acertado.
El anciano medita, y mientras lo hace, con la diestra se mesa la barba en la que quedan escasas hebras negras. Aquel era un grave problema y no podía tomar una decisión sin analizar antes todas las consecuencias que acarrearía lo que acababan de hacer sus vecinos. Era imprescindible actuar con rapidez. El hechicero había jurado volver con la tormenta, y nada ni nadie sería capaz de impedir que las fuerzas de la Naturaleza se desaten en el momento más inesperado.

– Debo meditar. Enterrar eso en el bosque, lejos de aquí. Los demás regresad a vuestras casas.


Lofheim lleva horas sentado en su butaca contemplando el fuego del hogar sin siquiera verlo. No consigue conciliar el sueño, siempre rebelde en acudir a su encuentro. Sabe bien que las primeras luces del alba le encontraran sentado allí mismo, en la misma posición, como viene sucediendo desde que su amada esposa le dejó para reunirse con los dioses, hace ya tres Ruedas, y como seguirá ocurriendo hasta que a él también le llegue la hora de emprender el último viaje. Pero esa noche, son otras las preocupaciones le impiden dormir. Busca respuestas para los inquietantes interrogantes que pesan sobre el destino de Neksis.


Unos suaves golpes en la puerta suenan en el silencio de la noche.


Lofheim se levanta despacio. Sus huesos son viejos y ya no poseen la fuerza y la vitalidad de la juventud; además, la pierna le duele a rabiar. Refunfuña mientras atraviesa la estancia, iluminada tan solo por las llamas del hogar y abre la puerta. No se siente sorprendido al reconocer a su intempestivo visitante, aunque no le esperaba, al menos, no tan pronto. Es Darbran, el jefe de la aldea. Descubre con preocupación que las arrugas que surcan su rostro son ahora más numerosas y profundas y que un amargo rictus crispa sus pálidos labios.
– ¿Has llegado a alguna conclusión, Lofheim?
El Patriarca le invita a entrar con un gesto, cierra la puerta; se disculpa por la oscuridad y Darbran asegura no necesitar más luz. No había ido hasta allí cuando apenas despuntaban las primeras luces del alba por el deseo de mantener una cálida conversación con su viejo amigo..., sino la necesidad de conocer la respuesta a una cuestión que le mantenía despierto. Más que una respuesta, precisaba una confirmación a lo que ya sabía.


Lofheim no se percata de que su diestra acaricia sin cesar la barba mientras que el jefe de la aldea aguarda pacientemente, acostumbrado a la tardanza de sus contestaciones.
– He estudiado todas las profecías, Darbran, y nada dicen de ninguna Gran Tormenta que el hechicero nombró..., pero el único modo de regresar del mundo de los muertos, es que pueda ocupar otro cuerpo cuya alma pueda reemplazar con la suya.
Los dos hombres se miran en silencio. Ambos sienten un profundo dolor en el alma y no pueden evitar que las lágrimas velen sus ojos.
– Va a ser muy duro, viejo amigo. Es un cruel juego de azar...
– Cierto, pero no tenemos otra salida, Darbran. Debe hacerse Ley.
El jefe de la aldea se inclina abatido en el sillón.
– En todos los días de nuestra existencia, jamás existió una ley tan cruel que exigiera derramar tanta sangre y lágrimas...
Lofheim suspira con gran pesar. Comprende la triste amargura de su amigo porque es la suya propia..., y en adelante sería también la de toda la aldea. Pero no tenían ninguna otra solución para impedir el regreso del hechicero. No existía forma alguna para saber cuándo sería La Gran Tormenta, de modo que todos los niños nacidos durante alguna tormenta, así como aquellos que fuesen engendrados bajo las fuerzas de la tormenta, deberían ser sacrificados.
Darbran no se equivocaba, sería una ley que derramaría mucha sangre y lágrimas...

Todos los derechos reservados:  noviembre 2021
                                                          © Ediciones Passer
                                                          ©Eratia Copperfield

Puedes conocer un trocito de la segunda parte de la bilogía si pulsas aqui: 

O puedes regresar

a Libros Publicados

Catalunya

©2021 por Eratia Copperfield - Muchas historias  que Contarte.- 
Creada con Wix.com

Sigo trabajando en la creación de la página para ti.

¡Gracias por visitar mi web!!! 

Cualquier cosa, estoy en Instagram como @eratiacopperfield 

                     y en Threats como eratiacopperfield

                            

                                                  ¡Besitos!

bottom of page