

JORQUIN
Jorquin es la continuación de El Guardián de Neksis.
Es donde se desvelarán los secretos que se quedan en suspenso en el primer libro.
El ritmo, el estilo, las vivencias del protagonista, Yrohel, cambian completamente.
Yrohel regresa al lugar del que procede, para entregar a Alatia.
En el transcurso, conoce a individuos de ese inframundo y a su emperador.
Y la profecía que se descubre en El guardián de Neksis, aquí cobra sentido.
La portada, al igual que la de El Guardián de Neksis y las ilustraciones interiores,
fueron creadas por Eliudrae. Son una belleza.


El frío penetraba a través de su piel y se instalaba en sus huesos dispuesto a quedarse para siempre. Los párpados le pesaban. Resultaba agotador intentar abrirlos.
A a sus oídos llegaban llantos y súplicas, susurros lejanos de voces desconcertadas y alaridos de ciega ira e impotencia. Su piel se estremeció al percibir el contacto con algo blando y viscoso que le rodeaba como una elástica membrana. Se removió y notó que había una forma sólida junto a él. Los recuerdos estallaron como deslumbrantes relámpagos en su mente, devolviéndole a los angustiosos momentos del combate en el bosque, al instante en el que su puño horadó el pecho de Alatia y permaneció dentro de él hasta percibir el último latido de su corazón.
Abrió los ojos, y contempló el rostro de Alatia frente al suyo. Su hermano de sangre.
Aquel con quien había crecido y sido partícipe de sus confidencias y temores. Uno de sus ojos plateados, excesivamente abultado y sin párpados estaba escapando de su cuenca; parte, en otro tiempo agraciado semblante, se estaba oscureciendo y volviéndose escamoso. El resto de su cuerpo también sufría una escalofriante mutación en la que las rodillas se habían doblado con la articulación invertida, su torso se consumía hasta parecer escuálido y en su espalda, los omóplatos comenzaban a pronunciarse de manera increíble, rasgando la piel, tirante y pálida, para aparecer afilados como cuchillos. Parecía que, en un último acto de sinceridad, mostraba su auténtico aspecto. Una parte de él deseaba llorar su pérdida, llorar su muerte... Pero no podía. No le quedaban lágrimas. Se sentía embargado por una tristeza tan profunda que amenazaba con congelar cualquier otro sentimiento.
Respiró profundamente para sacudirse la pasividad de su cuerpo y su ánimo, y su diestra presionó ligeramente la membrana blanda y dúctil que les envolvía. Tuvo conciencia de que había sido obra suya, si bien no recordaba haber realizado nada parecido en ningún momento. La envoltura comenzó a derretirse bajo el contacto de sus dedos, desde el punto en el que la había tocado, ampliándose lentamente en forma de onda.
A medida que la cápsula se desvanecía a su alrededor, sus ojos se comenzaron a habituar a la luminosidad mortecina e incandescente que regía en aquel lugar. Se incorporó despacio esperando sentir dolor por las numerosas heridas recibidas. Sin embargo, el dolor no llegó.
Erguido junto a los deformes restos de Alatia, Yrohel paseó la mirada por el lugar para orientarse. Hasta donde su vista alcanzaba, avistaba un sinfín de escombros, vigas quebradas, y muros caídos, en algunos de los cuales todavía se podían reconocer las negruzcas huellas dejadas por un antiguo incendio que devastó el lugar. Aplastados bajo toneladas de piedra, adobe y madera, aparecían los restos de una mesa, loza y comida reseca desperdigados a su alrededor. No lejos de allí, vislumbró un enteco brazo que sobresalía clamando una ayuda que jamás acudió.
Avanzó con cuidado entre los escombros. Trepó por encima de vigas y piedras hasta
alcanzar la cumbre. Desde allí, y no muy lejos de donde se hallaba, podía distinguir lo que una vez fuera una gran avenida, en la que se amontonaban los restos de cientos de edificios, orgullosos testimonios de la belleza y el esplendor de una esplendorosa ciudad habitada por gentes sin temor que se habían establecido en las tierras de los Proscritos y los Señores, y desafiaban al destino.
Caminó hasta donde antaño discurriera la Avenida del Templo, amplia y orgullosa, en la que se erigieron las más bellas casas engalanadas de extravagantes plantas purpureas, en su mayoría curativas. Al final de la ancha avenida, se avistaba la negra cúpula rodeada de una decena de altas puntas retorcidas y ribeteadas de llamas de piedra que desafiaban el firmamento. Se detuvo en la cima de uno de los montículos de escombros que inundaban la avenida, clavada su mirada en aquel lugar vacío de majestuosidad y miró a su alrededor. Tenía ante sus ojos lo que con tanta ansiedad había estado buscando: el Templo de Dempzack, Supremo Señor de los Infiernos. Sin embargo, la entrada había desaparecido. Las recias y retorcidas columnas de roca negra que se alzaban ante las puertas del templo yacían ahora derrumbadas, y de la cúpula que cubría el amplio Salón de las Ofrendas ya no quedaba el menor rastro, y del esplendoroso Templo solo quedaban ruinas, igual que el resto de la ciudad. Los escombros ocupaban su lugar.
Descendió corriendo, saltó de piedra en piedra, se deslizó y tropezó un par de veces en su precipitación sin querer creer lo que toda razón estaba gritándole desaforadamente. Rodeó una de las columnas caídas, y se acercó despacio a los muros, sin poder dar crédito a lo que contemplaba, sin comprender quién o qué había osado alzar la mano contra el Templo del propio Señor de los Infiernos... y de la Ciudad que había permitido erigirse en las lindes de su territorio.
Sus dedos rozaron la piedra de las gruesas paredes que todavía permanecían en pie, y se frotó hollín que quedó prendido en su piel y que contempló pensativo. Giró despacio y dejó que su mirada grabase en su mente el aspecto de la ciudad. Miles de gentes habían dado vida a aquellas calles alzado sus casas con esfuerzo, sacrificio y valentía, ganándole cada pedazo de piedra a aquella tierra hostil y enemiga de la vida, y llenando de risas unas calles arrancadas de los mismos infiernos. En un cegador fogonazo, su cabeza se vio asaltada por imágenes de la ciudad en sus inicios, más de un centenar de casas de adobe y piedra planificadas en círculos concéntricos sin llegar a tocarse unas con otras. Podía verlas como si estuviera allí mismo.
¿Qué puedo decir...?
Esta es la muestra de lo primero que escribí, tumbada en el suelo, y con mucho entusiasmo, con mis penas 8 o 10 años.
A estilo teatro. Sí. Pero con el tiempo se me quedó corto. Tenía muchas cosas que decir y el tipo "guion teatral" se me quedaba demasiado corto.

