ANTES DE GOOGLE
- Eratia Copperfield
- 18 oct 2021
- 3 Min. de lectura
Apenas es posible hacerse una idea, actualmente, de cómo nos las arreglaríamos sin Google. La infinidad de información que pone a nuestro alcance y, en especial, para quienes hemos decidido dedicarnos a escribir.
Diccionarios, sinónimos, ubicaciones, fotografías, imágenes de inspiración... Maravilloso universo al alcance de un click, ¿verdad?
Cuando comencé a escribir, se debía acudir a la Biblioteca, y pasar horas y horas de búsqueda y rebúsquedas, no siempre exitosas. Tenía que acudir a los libros de viajes, en muchos casos desfasados, para conocer las ciudades en las que deseaba ubicar mis historias; a las enciclopedias... Hice comprar a mis padres una enciclopedia con la excusa de que así me iría mejor en los estudios.
Mi primer diccionario... Lo conseguí con 11 años... y todavía lo mantengo y lo leo con frecuencia: Diccionario Anaya de la Lengua. Grande, con portadas en cartón duro con miles de palabras escritas en ella, y su interior... el paraíso para mí. No era, ni es, el típico y aburrido diccionario. Tiene dibujos y esquemas en sus laterales, indica sinónimos, antónimos y expresiones. Adoro ese diccionario.

No me lo querían comprar. Era algo caro, no recuerdo el importe, pero era caro, y no entraba en los planes cercanos de mis padres. Un diccionario, vaya bobada... , a fin de cuentas, nunca aprobaba a la primera. ¿Quién lo iba a decir...? Por aquel entonces, tuve que desarrollar habilidades especiales, para conseguir ese dinero, con la complicidad de una compañerita de estudios cuyos padres poseían la única papelería del pueblo. Ella me guardaría un ejemplar, y yo le iría pagando de apoquitos hasta reunir el dinero.
¿Qué habilidad? El choriceo. Me dediqué a choricear cada moneda suelta que hallaba en los bolsillos de los abrigos de mis padres. (Y solo de mis padres, nunca he sido demasiado arriesgada). Y conseguí mi diccionario, con el que aprendí nuevas palabras, y ha sido mi gran compañero de mesa todos estos años.
Y más adelante, cuando me trasladé del pueblo del Vallés en el que viví mis primeros años, a Barcelona, los libros acudieron a mis manos como por arte de magia al conocer la existencia de El mercado de San Antonio. Ahora ha desmejorado bastante con la reforma del lugar y el espacio, sin embargo, cuando comencé a visitarlo, había multitud de puestos libreros. Y comencé a hacerme con el diccionario de sinónimos y antónimos. Dos. Mi gran amigo no siempre tenia todos los sinónimos que precisaba.

Sí.., antes de Google, el mercado de San Antonio se convirtió en mi Google especial durante muchos años... Prácticamente, hasta que una persona muy especial llegó a mi vida y, en lugar de acusarme de loca, o excéntrica, colocó su ordenador junto al mío, y con esa persona, mi marido, nos iniciamos en internet... cuando había que esperar a las 6 de la tarde para usarlo, por la tarifa plana, y rezar para que nadie llamase por teléfono, ya que , cuando eso ocurría, se cortaba la línea.
Ahora... sigo usando mis diccionarios, por cariño. Por lectura..., sin embargo, qué duda cabe que a un toque de click y moviendo el ratón, accedo a esa palabra que se me resiste, a esos mapas que recorro para trazar un recorrido, y que me ayudan a conocer una ciudad como si estuviese en ella.
Fue bonita toda aquella investigación de horas y horas de búsqueda.
Así fue como escribí muchas novelas.
Y aunque Google sea magnífico, sigo teniendo mis amigos de mesa: los diccionarios.
Y hasta aquí, otra de mis paseos por los inicios de quien soy ahora... ¡¡Hasta la próxima!!
¡¡Besos !!






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